Rocas de firme omnipresencia que protegen celosamente los caminos de plata de deidades ocultas y secretas.
Gemidos de caracolas se oyen desde el fondo del río.
Piedras vestidas de verde seda esperan las caricias de nuestras manos. Un grupo de peces nos dan la bienvenida con maravillosos saltos de acrobacia.
El fuego está encendido y su humo nos guía, cual brújula de navío.
La noche cae liviana e iluminada.
La naturaleza cobra otra vida distinta a la del día; es una reina de follaje sombrío que se mira en el río, ahora gran espejo sólido. Suelta a sus duendes, gnomos, hadas que corren entre nosotros despertando sensaciones de "arrepío" en nuestra piel y nos reímos con picardía infantil.
Sentados en corro se nos pasan las horas y el fuego sigue en pie, no se extingue, el viento lo aviva de tanto en tanto; ráfagas de efímeras caricias, pasan y se van, dejándonos la llamarada fuerte, y protectora.
Samantha Jones
17-12-2010



